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Lunes, 6 Abril 2015
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GRACE CODDINGTON

ES LA ANTÍTESIS DE ANNA WINTOUR, L A MANDAMÁS DEL VOGUE NORTEAMERICANO. CON SU MELENA NARANJA FURIOSA, GRACE CODDING TON ES L A BRILL ANTE DIRECTORA CREATIVA DE L A PUBLICACIÓN DE MODA MÁS IMPORTANTE DEL MUNDO, Y UN REFERENTE ICÓNICO DEL MUNDO FASHION.

 

En mayo pasado, Grace Coddington (73) abrió una cuenta de Instagram y subió un dibujo suyo tomando sol desnuda para promocionar la subasta benéfica de arte y diseño Paddle 8. Acto seguido, la red social había cancelado su perfil debido a su política de cero exhibicionismo. Sin embargo, a las pocas horas, su cuenta fue restablecida y los responsables aseguraron que había sido un error. Grace, que dice apenas usar el computador para mandar e-mails y que no se siente para nada familiarizada con la tecnología, no entendía nada. Pero otros miembros de la elite fashion salieron de inmediato a defenderla: “El Instagram de Grace Coddington fue cancelado por su primer post, un autorretrato donde aparece desnuda. ¡Ella volverá con una nueva cuenta! #GraceCoddington #Leyenda”, publicó en su Twitter Edward Enninful, director de moda de la revista W. Y es que Grace es un personaje adorable. Personaje porque, desde que su imagen se hiciera mundialmente popular luego del estreno del documental “The September Issue” de R.J. Cutler en 2009, ha sumado una gran cantidad de seguidores que no sólo admira su notable trabajo como directora creativa de la revista Vogue, sino que también su personalidad accesible y nada pretenciosa.

NACE UNA ÍDOLA

La avalancha de reconocimiento que desató “The September Issue”, la versión real de la película “El diablo viste a la moda” (2006), donde se mostraba el proceso de elaboración del número más importante del año de la revista Vogue, gatilló la popularidad de Grace, que empezó a notar que cuando se subía al Metro o caminaba por la calles de Nueva York la gente la aclamaba. “Las personas me hablaban como si hubiese sido la heroína de ese documental, yo creo que más bien se trataba de mostrar las tensiones creativas que experimentamos Anna y yo trabajando juntas”, ha señalado. Pamela Rosalind Grace Coddington nació el 20 de abril de 1941 en Anglesey, Inglaterra. Fue una niña solitaria y enfermiza que dejó la isla a los 18 años para buscar suerte en Londres. La pelirroja recortó un cupón de la revista Vogue –su favorita– y se inscribió en un curso de modelaje de dos semanas en la Academia Cherry Marshall. “Ser modelo parecía el modo perfecto de fugarme a un mundo de riqueza y emoción, la oportunidad de viajar y encontrar personas interesantes. Además, me encantaba ver ropa bonita en fotografías, yo soñaba con estar ahí”, escribió en su libro “Grace, A Memoir” (2012), donde relata de manera autobiográfica sus vivencias y presenta bocetos y dibujos que realizó durante semanas de la moda y sesiones de fotos. Es inevitable que las memorias de Grace tengan un importante peso visual. Los dibujos le sirven para relatar situaciones como su primera sesión de fotografías, en la que Norman Parkinson le pidió que corriera desnuda por el bosque. Y las fotografías acreditan su capacidad para cambiar de look, su olfato para anticiparse a las tendencias y su sensibilidad para detectar el talento. Un retrato de David Montgomery muestra el corte de pelo de cinco puntas que Vidal Sassoon creó para ella en 1965 y otro de Jeanloup Sieff exhibe el maquillaje de intensas pestañas que hizo suyo antes que Twiggy lo popularizara. A pesar de sus logros, el relato siempre mantiene ingenuidad y candidez. Coddington parece concederle igual importancia a sus célebres amistades que al contenido de la maleta que llevaba de sesión en sesión cuando no había maquilladores ni estilistas, y la maniquí debía asegurarse de contar con zapatos negros y sostenes con relleno para ser contratada. Pero la prometedora carrera como modelo de Grace se vio truncada de manera violenta cuando un placentero paseo por la elegante Eaton Square de Londres, con su entonces novio James Gilbert, fue violentamente interrumpido por un accidente. El espejo lateral del auto golpeó la cara de Coddington y le arrancó su párpado izquierdo. “Por suerte, encontraron mis pestañas”, escribió. Cinco operaciones de cirugía la tuvieron al margen del negocio durante dos años. Cuando volvió, comenzó a usar maquillaje dramático alrededor de los ojos para disimular las cicatrices. “A la gente le gustaba, aunque claramente era una forma de camuflaje para esconder el estrago”. En los años 60, Grace vivió entre Londres y París. Mary Quant, Catherine Deneuve, Michael Caine, Marianne Faithfull, Roman Polanski, los Beatles, los Rolling Stones o la casa de David Hamilton en Saint-Tropez marcaron el último tramo de su etapa como modelo. Dividiendo su tiempo entre la sociedad de los cafés parisinos y el escenario londinense de Chelsea, Coddington estaba de nuevo en medio de todo. Las páginas de la moda la bautizaron con el sobrenombre de “El Bacalao” (The Cod) porque era “fría como un bacalao, pero caliente como un fuego de cuatro barras”. Al final de la década, en 1968, Grace experimentó un cambio de rol y entró a trabajar a Vogue UK como estilista. Cuando encontró su vocación, la pasión por la moda desbordó el relato y las anécdotas se sucedieron a una velocidad frenética. Karl Lagerfeld y Manolo Blahnik formaban parte de su grupo de amigos en los años setenta, así que sus cenas y confidencias se mezclaban con las delirantes peticiones de Helmut Newton y Guy Bourdin en las sesiones fotográficas. Viajes a Rusia, China o Jamaica, un primer matrimonio fugaz con el restaurador Michael Chow y otro segundo –también fugaz– con el fotógrafo Willie Christie, se enredaban con las primeras colecciones de Azzedine Alaïa y las veladas junto a Linda y Paul McCartney.

 

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PASIÓN EDITORIAL

Entre lo más interesante de las memorias de Grace Coddington está el análisis del estilo y método de algunos de los mejores fotógrafos de moda. Su punto de vista ayuda a comprender mejor el trabajo de Bruce Weber, Annie Leibovitz, Irving Penn o Steven Meisel. También resulta esclarecedora la descripción que realiza del papel de maquilladores y peluqueros y cómo radiografía a colaboradores de Vogue como Pat McGrath, Guido o Julien d’Ys. Pero, por supuesto, lo que muchos quieren leer es lo que Coddington opina en realidad sobre Anna Wintour. Los caminos de estas dos mujeres se cruzaron en Londres. Coddington, de hecho, abandonó el Vogue británico en 1987, pocos meses después de que Wintour fuera nombrada directora de la revista. Una oferta como directora de diseño en Calvin Klein y su relación con el peluquero Didier Malige –que vivía en Nueva York y es todavía su pareja– fueron los argumentos que Coddington esgrimió para retirarse, aunque nunca ocultó diferencias creativas con Wintour. “Ella estaba mucho más interesada en lo sexy que yo”, dijo entonces. Wintour recibió la noticia el día de su cumpleaños número 38 y admitió: “Hubiera preferido otro regalo”. Mientras trabajaba en Calvin Klein, Coddington se dio cuenta de cuánto echaba de menos las revistas. Cuando, un año después, Wintour accedió a la dirección de la edición estadounidense, Grace llamó para felicitarla y le preguntó a su asistente si creía que la dejaría volver. Anna la citó unas horas después, ese mismo día, y le dijo: “Comienzo el lunes. ¿Quieres empezar conmigo?”.

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GRACE V/S ANNA

La relación entre Grace Coddington y Anna Wintour podría considerarse como un antagonismo clásico, necesario para escribir la trama de la moda contemporánea. Pero seguramente entraña bastante más complejidad de la que el público le concedió tras “The September Issue”. “Lo gracioso es que yo no tenía la menor idea de lo muy cascarrabias que soy hasta que me vi en la película. Ahora ya no me sorprende eso que Anna decía antes: que yo era la única persona del sector que a veces logra torcerle la mano”. Anna y Grace son dos caracteres tremendos y dos formas de entender la moda que en parte se alimentan la una de la otra. Se definen por sus diferencias y hasta se enriquecen por ellas. Anna ha convertido Vogue en una marca global, pero Grace tiene algunos reproches. “Las revistas de ahora sólo tratan de moda en parte, lo que no nos resulta fácil a las de la vieja guardia como yo”, confiesa. “Me alegro mucho de haber vivido diez años en el Vogue estadounidense cuando aún el elemento crucial era la moda. Desde entonces, Anna ha abierto el foco de forma radical”. Sucede que a Coddington no le interesa trabajar con celebridades, prefiere centrarse en modelos, con quienes establece una relación maternal y protectora. “Debo ser la última editora de moda que viste a las modelos en vez de dejarle la tarea a un asistente. Para mí es crucial. El backstage es el único lugar que te queda para comunicarte con la modelo y transmitirle la idea que quieres reflejar sin interferir con el fotógrafo”, señala. Por eso Wintour ha renunciado a encargarle las portadas con actrices o cantantes. Tampoco comprende muchas cosas del sistema de la moda actual, donde “todo el mundo opina” y “ya no hay secretos”. Durante los desfiles no toma notas: dibuja todo lo que ve y llena un cuaderno de bocetos, unos 12 al año. Odia la parafernalia de los desfiles contemporáneos. Con toda su experiencia en el medio, no es de extrañar el desagrado de Grace Coddington ante la forma en que se ha despersonalizado la industria y su oficio. Aunque Wintour asegura que su directora creativa tendrá un espacio en la revista mientras ella la dirija, Coddington no oculta que, dentro de poco, tal vez ya no sea lugar para ella. “Uno de los aspectos de mi trabajo que más me interesa es darle a la gente algo con que soñar, igual como lo hacía yo de niña mirando las fotografías. Todavía tejo sueños y me inspiro en todo lo que puedo, buscando la parte romántica del mundo real, no del digital”.

 

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