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Jueves, 26 Marzo 2015
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Diana Vreeland "LA EMPERATRIZ DE LA MODA"

FUE LA EDITORA MÁS INFLUYENTE EN LA HISTORIA DEL FASHION. LA MUJER QUE MODERNIZÓ A HARPER’S BAZAAR Y VOGUE EN EL SIGLO XX, Y CONVIRTIÓ AL COSTUME INSTITUTE EN UNA DE LAS INSTITUCIONES CULTURALES MÁS ADMIRADAS DE MANHATTAN. EN ESTOS DÍAS SE LANZÓ UN PERFUME EN SU HOMENAJE.

Uno podría decir que Diana Vreeland está de vuelta, pero eso sería aceptar que algún día partió y, sinceramente, no estamos preparados para eso. Ni nosotros ni ningún ciudadano del mundo de la moda aceptará jamás la ausencia de la que muchos consideran la editora más influyente que haya existido en la historia del “fashion”, la mujer que sin más herramientas que su imaginación y fantasía llevó a Harper’s Bazaar primero y luego a Vogue desde el letargo de los años 40 y 50 a la modernidad de los 60 y 70, y después, a una edad en que muchas habrían sido consideradas dinosaurios, se hizo cargo del Costume Institute del Metropolitan Museum of Art en Nueva York, desempolvando sus archivos, haciendo brillar sus vitrinas y creando la base para el monumento que es hoy, un museo vivo y vibrante que se ha convertido en una de las instituciones culturales más admiradas y visitadas de Manhattan. Nada, ni siquiera su muerte en 1989, ha conseguido borrar su imagen del mapa de la moda y el estilo. En los últimos años se han publicado al menos dos biografías y un archivo de los “memos” que enviaba a sus editoras –“¡Los flecos! ¡¿Dónde están los flecos?!”–. También se filmó un documental, “The Eye Has to Travel”, que incluyó algunas de sus memorables entrevistas y apariciones en televisión. Ahora su nieto, Alexander Vreeland, ha decidido lanzar en Neiman Marcus en Estados Unidos y en Colette en París, cinco perfumes inspirados en ella. Con nombres como “Extravagance Russe”, “Perfectly Marvelous” y “Simply Divine”, estas fragancias pretenden capturar el inigualable carácter y estilo de Diana, una tarea casi imposible si se piensa que gran parte del encanto de esta “emperatriz de la moda”, como era conocida, viene de su interminable ingenio e infinito misterio. Su propia autobiografía, “D.V”, lectura obligada para cualquiera interesado en diseño, moda o revistas, puede ser calificada como docu-ficción, una crónica donde la frontera entre fantasía y realidad es, en el mejor de los casos, difusa. Diana tenía poco respeto por la rigurosidad histórica. En una ocasión le aconsejó a Lauren Hutton que inventara un pasado, porque el suyo era demasiado aburrido. “Uno debe vivir la vida que piensa que merece, la que desea. No la que le tocó”, solía decir. Esa fue una lección que aprendió temprano, cuando se dio cuenta de que era una niña fea, un defecto que su madre, una legendaria belleza de la sociedad neoyorquina, le recordó a menudo. A falta de belleza, Diana creó estilo, y fue así como conquistó a la generación de debutantes que la rodeó en su juventud, convirtiéndose rápidamente en una de sus figuras más populares, y fue así también como, años después, conquistó a su marido, Reed Vreeland, bien conocido en la ciudad por su atractivo y elegancia. “Cuando Reed se enamoró de mí, nunca más pensé en mi fealdad. El problema quedó resuelto”, escribió en “D.V”. Como editora, la Vreeland era incansable, exigente, brillante y en ocasiones difícil de entender. Sus asistentes recuerdan que a veces las llamaba a su oficina y decía simplemente “¡cejas!” o “¡perlas!”. En su cabeza, la imagen de lo que buscaba estaba clara, pero sus subalternas tenían que darse el trabajo de descifrar sus confusos brochazos de genialidad. Con los fotógrafos su relación era artística e inspiradora, pero también difícil. En una oportunidad, desilusionada con unas fotos de modelos en caballos blancos corriendo por la playa, obligó a Richard Avedon a repetir la sesión completa, esta vez con los animales luciendo largas colas de pelo falso. Su búsqueda constante por la imagen perfecta le acarreó algunos problemas en el Museo de Arte Metropolitano, donde ejecutivos más proclives a la academia y la historia que ella se quejaron a veces de su falta de rigurosidad. Ella dio no poca, sino ninguna importancia a esas críticas, convencida de que en el mundo, o al menos en su mundo, excitación, imaginación y belleza eran mucho más importantes que ninguna otra cosa. Diana pasó sus últimos años prácticamente recluida en su departamento –una fabulosa caja cubierta de chintz rojo decorado por Billy Baldwin–, acompañada sólo por su fiel empleada, Yvonne, y el editor de modas André Leon Talley, su confidente y protegido, que llegaba cada tarde para leerle en voz alta libros sobre los ballet rusos o la vida de princesas europeas. A su alrededor, perfectamente dispuestos, estaban cuadros, retratos y bocetos de amigos como Bebe Bérard o Cecil Beaton, cientos de libros y, en el clóset, vestidos y trajes de Chanel, Vionnet y Balenciaga perfectamente planchados y almidonados. Hasta el final, las suelas de sus zapatos fueron embetunadas y cepilladas diariamente, porque si algo no soportaba Diana era la vista de una mujer sentada revelando suelas mal cuidadas. “Detesto el narcisismo, pero apruebo la vanidad”, explicaba, como si la explicación hubiera sido necesaria. Es cierto que Diana ya no está, pero queda su genio. Y ahora, su aroma.

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